'La familia', El niño, de Jules Vallès

De la novela El niño, de Jules Vallès.
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2. La familia
Dos tías por parte de mi madre, la tía Rosalie y la tata Mariou. No sé por qué llamamos tata a esta última, tal vez porque es más cariñosa. Aún veo su risa blanca y dulce en el rostro moreno: es delgada y bastante agraciada, es mujer.
Mi tía Rosalie, su hermana mayor, es enorme, algo encorvada; tiene aspecto de chantre; se parece al tío Jauchard, el panadero, que el domingo entona las vísperas e inicia los cánticos cuando hacen el vía crucis. Ella es el hombre de su casa; su marido, mi tío Jean, no cuenta para nada: se limita a rascarse una pequeña verruga con pretensiones de lunar en su rostro ajado, lleno de arrugas. He advertido, más tarde, que muchos campesinos tienen ese tipo de rostro, astuto, envejecido, puntiagudo; por sus venas corre sangre de teatro o de corte, sangre que debió extraviarse una noche de fiesta o de comedia en el granero o en el mesón; por entre los hedores de la pocilga y el estiércol huelen a cómico de la legua, a noble venido a menos, a viejo aristócrata. Disminuidos por su origen, siguen siendo alfeñiques bajo el sol.

El marido de la tata Mariou, por su parte, es un perfecto boyero. Un hermoso labrador rubio de cinco pies y siete pulgadas, sin barba, pero con pelos que brillan en su cuello, un cuello redondo, grueso, dorado; tiene la piel pajiza, con ojos como azulinas y labios como amapolas; lleva siempre la camisa entreabierta, un chaleco a rayas amarillas, y nunca le abandona su sombrero de cinta tricolor. He visto, en los paisajes de los pintores, dioses campestres semejantes a él.
Dos tías por parte de mi padre.
Mi tía Amélie es muda y, sin embargo, charlatana a más no poder.
Sus ojos, su frente, sus labios, sus manos, sus pies, sus nervios, sus músculos, su carne, su piel, todo en ella se agita, parlotea, pregunta, contesta; te acosa a preguntas, exige respuestas; sus pupilas se dilatan, se apagan; sus mejillas se hinchan, se comprimen; ¡su nariz salta!, te palpa por todos lados, lenta, brusca, pensativa, locamente; no hay modo de terminar la conversación. Hay que estar allí, tener un signo para cada signo, un gesto para cada gesto, réplicas, ingenio, mirar unas veces al cielo, otras al sótano, alcanzar como se pueda su pensamiento, por la cabeza o por los pies; en una palabra, darse por completo, mientras que las comadres que tienen lengua, con tus oídos se contentan; nada más charlatán que un sordomudo.
¡Pobre mujer! No ha podido casarse, se veía venir. Vive penosamente con el fruto de su trabajo manual; en realidad no le falta nada, pero la tía Amélie es coqueta.
Hay que oír su leve gruñido, ver su gesto y la expresión de sus ojos cuando se prueba un sombrero o una toquilla; tiene buen gusto: sabe colocar una rosa en su muerta oreja y tallar el color de la cinta que mejor irá a su corpiño, junto a su corazón, que desea hablar... 
Tía abuela Agnès. 
La llaman la “beata”.
Hay una multitud de solteronas a quienes se conoce por el mismo nombre.
—Mamá, ¿qué es una beata?
Mi madre busca una definición y no la encuentra; habla de consagración a la Virgen, de votos de castidad.
Castidad. ¿Mi tía abuela Agnès representa la castidad? ¿Así es la castidad?
Tiene setenta años largos y debe tener los cabellos blancos; no lo sé, nadie lo sabe, pues lleva siempre una toca negra que se le pega como tafetán al cráneo; tiene, eso sí, la barba gris, un ramillete de pelos por aquí, un mechoncito que se riza por allá, y por todos lados verrugas como grosellas que parecen hervir en su rostro.
Para expresarlo mejor, su cabeza recuerda, por arriba, una patata quemada, a causa de la toca negra, y por abajo, una patata germinada; el otro día encontré una bajo el hornillo, hinchada, violeta. Y se parecía a mi tía abuela Agnès como una gota de agua a otra gota de agua.
Voto de castidad.
Mi madre actúa tan bien, se explica tan mal, que comienzo a creer que ser beata es algo sucio, y que a las beatas les falta o les sobra algo.
¿Beata?
Son cuatro “beatas” que viven juntas, no todas con verrugas color de fuego en una piel color ceniza, como tía abuela Agnès, que es coqueta, pero todas con una pizca de bigote o un principio de patillas, la nuez saliente y la inevitable toca, el emplasto negro.
De vez en cuando me mandan a su casa.
Está al final de una calle desierta en la que crece la hierba.
La tía abuela Agnès es mi madrina y adora a su ahijado.
Quiere nombrarme su heredero, legarme lo que posee; espero que no sea su toca.
Parece que conserva algunas monedas antiguas en un viejo calcetín, y cuando se habla de una vecina en cuya casa han encontrado una bolsa llena de escudos escondida en un pote de mantequilla, se ríe desde detrás de su barba.
En su casa, a la espera de que encuentren su pote de mantequilla, yo no me divierto demasiado.
Está muy oscura aquella gran sala, especie de granero aguantado por vigas que parecen de corcho viejo, de tan agujereadas y enmohecidas.
La ventana da a un patio de donde sube un olor a barro cocido.
Sólo me gustan las cortinas de la cama, y bastan para distraerme; en ellas pueden verse hombres, perros, árboles, un cerdo; estampados en violeta sobre la tela, los mismos dibujos se repiten cien veces. Pero me divierte mirarlos por todos lados y, sobre todo, veo infinidad de cosas en las cortinas de mi tía abuela cuando, para mirarlas, meto la cabeza entre las piernas.
La caza —ése es el tema— me parece de todos los colores. ¡Ya lo creo! La sangre me baja a la cabeza; siento el cerebro como el fondo de un tonel: ¡es la apoplejía! Me veo obligado a tirar de mi cabeza por los pelos para levantarme y volverla a colocar derecha como una botella a medio llenar.
Se reza a troche y moche: ¡Amén, amén!, antes de los nabos y después del huevo.
Los nabos son el plato fuerte de la cena que me ofrecen cuando voy a casa de la beata; me dan uno crudo y otro cocido.
Raspo el crudo, que parece echar espuma bajo el cuchillo y deja en la lengua un sabor a avellanas y un frío de nieve.
Muerdo con menos placer el que ha sido cocido en las ascuas del brasero, que la tía mantiene siempre entre sus piernas y que parece el mueble indispensable de las beatas. Ocho piernas de beatas: cuatro braseros, que sirven en verano como cesto de costura y cuyas brasas remueven, en invierno, con su badil.
De vez en cuando hay un huevo.
Lo sacan de una bolsa, como un número de lotería, y el pobre infeliz es pasado por agua. Es un verdadero crimen, un huevicidio, pues siempre hay dentro un pequeño pollito. 
Me como aquel feto con agradecimiento, pues me han dicho que no todo el mundo puede comerlos, que tengo el privilegio de una exquisitez; pero lo como sin entusiasmo, pues no me gusta mojar pan en un aborto ni el pollito comido con cucharilla.

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