'Viaje a mi pueblo', de 'El niño', de Jules Vallès

De la novela El niño, de Jules Vallès
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14. Viaje a mi pueblo
Jacques pasará las vacaciones en el pueblo.
El escritor francés Jules Vallès
Mi madre me anuncia la nueva.
—Lo ves, te perdonamos las travesuras de este año, te enviamos a casa de tu tío; montarás a caballo, pescarás truchas, comerás salchichón campesino. Aquí tienes tres francos para los gastos de viaje.
Lo cierto es que mi tío el cura, que está por los setenta, habló de nombrarme su heredero y ahora quiere tenerme a su lado durante las vacaciones.
El viejo sacerdote, que ha ahorrado algún dinero, tiene por notario a un hombre que ha escrito cuatro letras a mi padre en una carta que olvidaron encima de la mesa y que yo leí. Estoy al corriente. Me dejará una suma de... pagadera a mi mayoría de edad. Éste es el contenido del testamento.
 
 
Llevo mi levita en la mano, una gorra sin visera y una cantimplora.
—Parece un inglés.
Esta frase me llena de orgullo.
Mi madre (¡me mima!) me lleva al café para tomar el trago de despedida.
—Vamos, bebe; eso te hará bien.
Bebo de un trago el aguardiente, que me hace estornudar durante cinco minutos y me humedece los ojos, como si hubiera llorado durante toda la noche. La lengua me arde hasta desear hundirla en el arroyo.
—Sé amable con tu tío.
Es la última recomendación de mi padre.
—Ten cuidado con tu chaqueta nueva. 
Es el grito supremo de mi madre.
 
 
¡En marcha, dale al látigo, cochero!
 
 
La despedida ha sido sencilla. Tengo que llegar rápidamente a casa de mi tío abuelo.
No nos hemos entregado al sentimentalismo.
Y, por mi parte, sólo aguardaba el instante en que los caballos partirían...
 
 
He pasado la noche saboreando mi alegría. He bebido, dormido, soñado, he tomado refrescos en los albergues, he levantado la cortina de las ventanillas, me he apeado en las subidas.
A las seis de la mañana me encuentro en pleno Puy, ante el café del Servicio de Postas.
Dejo mi equipaje en la oficina y subo hacia nuestra antigua casa, donde debe esperarme mademoiselle Balandreau. Le han escrito diciéndole que llegaba, sin precisar el día.
Llamo.
¡Ah, no tengo que esperar mucho! La buena solterona se acerca despeinada y conmovida; y me besa, me besa como jamás me ha besado mi madre.
En seguida insiste para que me ponga cómodo. Teme que esté cansado y que tenga frío...
—Debes estar rendido. Sácate la levita. ¡No es posible, no eres tú! ¡Cómo has crecido! Toda la noche viajando, pobre pequeño, debes de tener sueño. ¿Has dormido?
—No he pegado ojo.
Miento como un sacamuelas, pero le gustará que su favorito no haya pegado ojo y parezca tan fresco, tan fuerte. Es un muchachote que puede pasar ya las noches en blanco.
—¿Quieres acostarte? Ven, acuéstate. ¿No quieres? ¿Tomarás, al menos, una taza de café? Ya sabes, como las que te daba, con leche, a espaldas de tu madre. Le sacabas siempre la nata, decías: “Dame la piel”.
¡Cómo me quiere!
Hacemos juntos el café. Ella parece una bruja y yo un diablillo; ella, con sus greñas al aire, le da vueltas al molinillo; yo, ante las cenizas, reavivo el fuego...
Como todas las solteronas —que tienen una debilidad—, a ella le gusta con locura su café con leche; ¡y es bueno, palabra!, por él tengo los labios grasos y las mejillas calientes. Es el mismo cuenco en el que hundía antaño mi hocico, bebiendo a grandes tragos porque mi madre podía llegar en cualquier momento y no quería que me mimaran a sus espaldas; además, el café con leche es malo para los niños, “produce humores”.

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